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#MÚSICA + COCHES

PAUL McCARTNEY: GASOLINA, ASIENTOS TRASEROS Y MUCHO «BEEP BEEP»

#TalDíaComoHoy, 18 de junio, nació en 1942 en Liverpool (Inglaterra) un tal Paul McCartney. Antes de los eléctricos, los híbridos y los navegadores que te toman por una cabra montesa “porque ahorras dos minutos”, uno de los dos líderes de los Beatles ya había convertido el coche en un pequeño escenario pop. Con los Fab Four, con Wings y en solitario, sus canciones han usado ruedas, carreteras y automóviles para hablar de deseo, libertad, huida y, por supuesto, de ligar con bastante más optimismo del que permite hoy aparcar en el centro.

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El famoso recorrido de Paul con el showman británico James Corden por Liverpool

Paul McCartney no es Bruce Springsteen, que parece haber nacido directamente en el asiento delantero de un Chevrolet, ni Chuck Berry, que hizo del rock and roll una autopista con guitarra. Paul es otra cosa: un conductor melódico, un tipo capaz de meter un coche en una canción y convertirlo en teatro, chiste, declaración amorosa o escapada adolescente. En su mundo, el automóvil no siempre ruge: a veces hace “beep beep”, a veces espera en doble fila, a veces sirve para huir de papá y a veces ni siquiera llega a ninguna parte. Pero siempre tiene encanto. McCartney entendió muy pronto que un coche no es solo un medio de transporte: es un camerino con volante, una cápsula de libertad, un sofá con matrícula y, si hay suerte, una excusa para que la canción arranque.

Drive My Car (1965)

La gran canción automovilística de Paul con los Beatles es, claro, Drive My Car, esa maravilla de Rubber Soul (1965), quinto álbum del mítico grupo, donde una chica promete fama, glamur y quizá amor, pero primero necesita chófer. Es una canción con motor de comedia: ella quiere ser estrella, él quiere acercarse a ella, y el coche funciona como contrato laboral, prueba sentimental y posible trampa elegante. El “beep beep, beep beep, yeah” es tan tonto que resulta perfecto: puro pop británico haciendo una mueca americana. No sabemos si el coche existe, si la carrera artística existe o si el pobre Paul está siendo fichado como Uber antes de que existiera Uber, pero da igual: la canción acelera desde el primer segundo y sigue siendo uno de los arranques más divertidos de los Beatles.

Lovely Rita (1967)

En Lovely Rita (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, 1967) Paul no canta exactamente a un coche, sino a una de sus consecuencias más temidas: la autoridad del aparcamiento, lo que hoy sería una agente de la ORA en el centro de las grandes ciudades. Rita es una vigilante de parquímetros, lo que en manos de cualquiera habría acabado en una canción sobre multas, rabia municipal y monedas que nunca aparecen. Pero McCartney, que podía encontrar ternura hasta en una grúa llevándose tu Mini, la transforma en una fantasía coqueta de Sgt. Pepper’s. Aquí el coche está fuera de plano, probablemente mal aparcado, mientras el narrador se enamora de quien debería arruinarle la tarde. Es el milagro McCartney: convertir una sanción administrativa en una escena de vodevil psicodélico. Solo Paul podía coger una multa y ver una cita romántica.

Why Don’t We Do It in the Road? (1969)

Aquí no hay coche aparcado, pero sí carretera, descaro y una pregunta que probablemente no aprobaría ningún reglamento de circulación. Why Don’t We Do It in the Road? (The Beatles, el Álbum Blanco, 1968) es Paul en modo cavernícola blues: pocas palabras, mucha cara dura y una idea tan simple que parece escrita en una servilleta entre dos ataques de risa. La carretera deja de ser símbolo romántico y se convierte en escenario absurdo, casi animal. Dura poco, entra como un bocinazo y se va antes de que llegue la policía. McCartney demostrando que también sabía ser bruto, breve y gamberro.

Two of Us (1970)

Two of Us (Let it be, 1970) es una canción de carretera sin épica de gasolinera, sin persecuciones y sin ese señor que siempre aparece en las películas americanas vendiendo un café aguado. Es más íntima: dos personas “Sunday driving”, dando vueltas, sin llegar del todo a ninguna parte, felices precisamente por eso. El coche aquí no es velocidad, sino burbuja. Es el placer de conducir porque sí, de perder el tiempo con alguien, de tener recuerdos más largos que la carretera que queda por delante. Escrita por Paul, la canción terminó sonando también a despedida beatle, pero mantiene esa calidez de viaje pequeño, casi doméstico. No hace falta cruzar el desierto: a veces basta con dar una vuelta y volver a casa.

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The Back Seat of My Car (1971)

Con The Back Seat of My Car (Ram, 1971), ya en su etapa posterior a los Beatles, y antes de formar su segunda banda, Wings, Paul convierte el coche en cine adolescente. Está el asiento trasero, está la autopista, está la sensación de fuga amorosa y está ese punto de “nosotros contra el mundo” que tan bien le salía cuando mezclaba melodía grande con emoción juvenil. La canción parece una película de autocine comprimida en pop barroco: padres que no entienden nada, jóvenes que quieren correr, promesas exageradas y un coche convertido en refugio sentimental. Es McCartney mirando a la América soñada de los Beach Boys, pero con su propia ternura británica. El asiento trasero no es solo picardía: es independencia con cinturón de seguridad imaginario.

Helen Wheels (1973)

Con Wings llegó Helen Wheels (Band on the run, edición norteamericana, 1973), la más literalmente automovilística de todas sus canciones, ya con los Wings, porque Helen era el apodo del Land Rover familiar de Paul y su esposa, Linda. La canción suena como lo que cuenta: un viaje con polvo, mapas, ciudades, prisas y ese traqueteo de coche duro que no presume de lujo, pero aguanta lo que le echen. Aquí McCartney no fantasea con estrellas ni con asientos traseros: hace una ruta desde Escocia, donde el matrimonio poseía una granja desde la época de los Beatles, hacia el sur con energía de rock crujiente. Helen Wheels es una máquina con personalidad, casi una mascota con matrícula. Y también una broma perfecta: “hell on wheels”, infierno sobre ruedas, convertido en nombre cariñoso. Solo a Paul se le ocurre escribirle un single a un Land Rover y que no parezca una campaña de concesionario.

Road (2013)

En Road (New, 2013), de su fructífera y definitiva etapa en solitario, Paul McCartney ya no necesita enseñar el coche: le basta con la carretera. La canción tiene algo nocturno, envolvente, casi hipnótico, como si el viaje fuese más interior que geográfico. Después de décadas cantando a conductoras ambiciosas, vigilantes de parquímetro, asientos traseros y todoterrenos familiares, Paul mira la ruta con otra edad y otro pulso. Ya no se trata solo de ligar, escapar o hacer “beep beep”; se trata de seguir avanzando. La carretera como vida, pero sin ponerse solemne de más, porque en McCartney siempre queda una luz encendida al fondo. Al final, su cancionero sobre coches no habla solo de motores: habla de irse, volver, perderse, amar y seguir conduciendo.

Miguel Ángel Linares
Miguel Ángel Linares

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