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#TECNOLOGÍA Y DISEÑO

¿QUÉ PENSARÍA NIKOLA TESLA SI RESUCITARA… Y SE SUBIERA A UN TESLA?

#TalDíaComoHoy, 10 de julio de 1856, nació Nikola Tesla en lo que hoy es Croacia Y en REVISTADELMOTOR.es nos preguntamos: Si Nikola resucitara hoy y se montara en un Tesla Model 3, probablemente se quedaría primero boquiabierto… y después cabreadísimo. Porque sí, todo huele a electricidad, pero nada sabe a revolución. El visionario serbocroata que soñó con energía inalámbrica gratuita para todos se vería atrapado en un futuro eléctrico… pero lleno de cables, baterías, facturas y marcas con su nombre en neón. Bienvenidos a un experimento mental con olor a ozono y mucho voltaje emocional.

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Un genio del siglo XIX se sube a un coche eléctrico del siglo XXI… y tiene algunas cosas que decir.

Tesla se sube al Tesla… y flipa (un poco)

Imaginemos: Nikola Tesla, con su impecable bigote y mirada inquieta, se acerca a un coche eléctrico moderno. Toque minimalista, cero emisiones, sin tubo de escape, motor silencioso. Se monta, pulsa un botón y… ¡el coche arranca sin ruido! Casi parece magia.

El científico sonríe. “Bien”, murmura. “Parece que han aprendido algo en cien años.” Y luego, ve la pantalla táctil gigante, el navegador, los sensores, la cámara de aparcamiento… y se queda tieso. Porque sí, el coche eléctrico le interesa, pero todo lo demás le parece brujería digital.


Baterías: el dolor de cabeza moderno

Al abrir el capó y no encontrar motor, Tesla busca dónde se esconde la electricidad. Descubre la batería de litio. Pregunta su capacidad. Le hablan de kWh, autonomía y carga rápida. Entonces, frunce el ceño. “¿Todavía almacenan electricidad como si fuera agua en cubos?”, diría. “¿Y eso del litio? ¿De verdad han cambiado el carbón por minería a cielo abierto en Sudamérica?”

Nikola quería transmitir energía sin cables, por el aire, a través de torres como su adorada Wardenclyffe. Lo de las baterías le parece un retroceso decorado con marketing.

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Redes de carga: ¿dónde está mi torre?

Le muestran un mapa con puntos de carga rápida. Tesla ve gasolineras recicladas con columnas futuristas. Y se lleva las manos a la cabeza. “¿Y me decís que para alimentar estos vehículos tenéis que enchufarlos como lámparas? ¿Y os peleáis por ver quién llega primero al cargador?”.

La idea de tener que esperar media hora para recargar un coche no solo le resulta arcaica, le parece ofensiva para el progreso. Tesla imaginaba un mundo con energía fluyendo como el aire: gratis, invisible, omnipresente. No este futuro de tarjetas, tarifas y enchufes.


Autopiloto y sensores: la ciencia ficción hecha coche

Pero no todo le decepciona. Le hablan del piloto automático. Del coche que frena solo, que reconoce peatones, que aparca sin ayuda humana. Y Tesla, el fanático de la automatización y de los mecanismos complejos, se entusiasma. “¡Esto sí!”, exclama. “Esto es cerebro eléctrico. Esto es evolución.”

Le recuerda a sus experimentos con máquinas autónomas y barcos teledirigidos. Ve en estos sistemas el germen de una nueva inteligencia. Aunque añade: “Claro que si el coche me manda detenerme por una señal de tráfico, no sé si lo soporto…”


El coste: la electricidad tiene precio… y no es barato

Tesla se interesa por el precio del Tesla Model 3. Le dicen que cuesta 40.000 euros. Nikola se queda en silencio. “¿Y esto es el coche del pueblo?”, pregunta. Le explican que hay subvenciones, leasing, ayudas por descarbonización, bla bla bla. Pero para un hombre que soñaba con energía gratuita e ilimitada, el precio de acceso a la movilidad eléctrica en 2025 le parece elitista.

“¿Y quién paga esto? ¿El banquero de J. P. Morgan?”, pregunta, con fina ironía. Porque sí, Tesla sabía un par de cosas sobre mecenas traicioneros.


Tesla conoce a Tesla (el coche)

Entonces ve el logo. Y el nombre. “TESLA”. Se queda helado. ¿Su apellido? ¿En la carrocería de un coche? Le explican que es una empresa de coches eléctricos. Que ahora su nombre es sinónimo de tecnología puntera. Que su retrato adorna camisetas hipster y tatuajes. Tesla responde: “Me honra. Y me perturba. ¿Me están usando para vender cosas?”.


Elon Musk: ¿genio, vendedor o impostor?

Y entonces le presentan a Elon Musk. CEO de Tesla, SpaceX, X, ex-Twitter, inversor, tuitero y autodeclarado admirador suyo. Nikola lo escucha. El magnate sudafricano, ex amigo de Donald Trump, le habla de cohetes, de Marte, de túneles, de libertad de expresión. Tesla lo observa con gesto ambiguo. “Es usted… curioso”, diría. “Ambicioso. Ocurrente. Pero también muy ruidoso.”

Le inquieta el ego desbordado. La sobreexposición. El amor por el espectáculo. “Yo quería cambiar el mundo en silencio, con voltios. Usted lo hace con memes, redes sociales compradas y acciones bursátiles. Tal vez no seamos tan parecidos…”.


¿Y la sostenibilidad?

Tesla se interesa por el impacto ambiental. ¿Son estos coches realmente limpios? Le explican que no emiten CO₂, que ayudan a combatir el cambio climático. Pero también oye hablar de la huella del litio, de los reciclajes parciales, de la electricidad que aún proviene de centrales de carbón. Y se encoge de hombros. “Han electrificado el transporte… pero no han electrificado la ética».


Tecnología, sí; espíritu, no

A nivel técnico, Tesla aplaude el progreso. Motores eficientes, diseño aerodinámico, electrónica de precisión. Hay genio aquí, sin duda. Pero le falta algo. El alma. La utopía. El “para todos”. “¿Dónde está la revolución?”, pregunta. “¿Dónde está la humanidad iluminada por energía libre, gratuita y compartida?”. Tesla ve progreso… pero sin poesía.


Y si diseñara Nikola… un Tesla

Si Tesla pudiera rediseñar un coche eléctrico, lo haría:

  • Sin batería, con energía transmitida por resonancia a distancia.
  • Carrocería autolimpiante.
  • Interfaz mental, sin pantallas.
  • Estructura basada en geometría sagrada.
  • Y absolutamente gratuito para quien lo necesite.

Una mezcla de ingeniería, espiritualidad y justicia social. Como todo lo que soñaba.


Conclusión: orgullo, dolor y cortocircuito

Si Nikola Tesla se subiese hoy a un coche eléctrico, tendría sensaciones encontradas:

Orgullo, porque por fin su electricidad mueve el mundo.
Dolor, porque el sueño ha sido domesticado por el mercado.

Le gustaría saber que sus ideas sobrevivieron. Pero no tanto verlas vestidas de marca premium, cargadas por cables y vendidas al mejor postor.

Y mientras el coche avanza en silencio por la autopista, Tesla pensaría, quizá:
“Bien, el motor es eléctrico. Pero el mundo aún no lo es del todo”.


Miguel Ángel Linares
Miguel Ángel Linares

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